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miércoles, 20 de enero de 2010

Con los ojos cerrados me ves mejor

Zelaya y Jean Jaurés, algunos minutos pasan de las 23. El hall del Centro Argentino de Teatro Ciego, espacio cultural para que no videntes desarrollen sus capacidades actorales, queda en penumbras, un anticipo de lo que adentro espera. Gerardo, uno de los protagonistas de La isla desierta acota:”Dejen el ritmo agitado de la ciudad afuera”. Se organizan filas de diez a cinco espectadores para ingresar en la sala, escoltados por los actores; quienes en todo momento ayudan a la correcta ubicación en las sillas. Resulta inexplicable el paso de la luz al mar de sombras que esconde el teatro, el cuerpo y la mente ya no son los mismos. Los ojos ven la espesa negrura, parecida a la nada misma. El espacio pierde dimensiones y el escenario está en todos lados, alrededor y sobre los presentes. Luego de unos minutos y ya acostumbrado al cambio de ambiente, el público está listo para deleitarse con la obra.

El murmullo imperante se rompe al ritmo de un tango que empieza a sonar. Una maquina de escribir, luego varias, su bullicio despega la imaginación de la audiencia. La escena se sumerge en una oficina frente al Puerto de Buenos Aires. Por momentos la audiencia queda en medio del alboroto de la oficina, manifestaciones sonoras y aromáticas vuelven aún más impresionante la experiencia. Es en medio de este mar de sensaciones, los personajes empiezan a exponer su personalidad. Quien se hace notar, por su carácter, es Don Manuel, con sus 40 años de trabajo, pieza clave de esta historia. Junto a él, los trabajadores dejan al descubierto el mundo de las oficinas: las condiciones de trabajo y la autoridad -por momentos excesiva- ejercida por su jefe.
El conflicto que tienen los empleados es que los ruidos del exterior los desconcentran, de esta manera no pueden realizar su trabajo con efectividad, lo cual irrita al superior. La aparente solución es irse al sótano, donde la luz eléctrica -a diferencia de la natural, presente en los otros pisos- sí bien los molesta, prefieren esas condiciones. Las ocurrencias de los personajes hacen esta parte del espectáculo fresca, dinámica. Sus voces, sus pasos y sus risas deambulan por todo el recito, al mismo tiempo que éste se llena de magia. El espectador vive –desde la imaginación- lo cotidiano de ese trabajo, visto bajo la sagaz lupa de Roberto Arlt. El mismo bandoneón tanguero que abrió el espectáculo cierra el primer acto.

La segunda parte dobla la apuesta. Entra en escena el barrendero, Cipriano, un pícaro cordobés. Su aparición da una vuelta de tuerca y pone a los demás personajes alrededor de sus historias. Los tatuajes de su cuerpo son el disparador para que este personaje introduzca sus narraciones extraordinarias. Los rincones más inesperados del mundo llegan a la audiencia mediante experiencias táctiles en donde nadie es tocado, un realismo digno de destacar que mantiene en vilo a la audiencia. Para el final, desde las penumbras emerge en cada uno de los espectadores el mensaje que deja Artl a través de esta obra. Aquel mundo laboral que rige el destino del hombre, décadas después, no deja de perder vigencia.

Durante la obra no existe el sin sentido del apuro, los relojes no acechan. Las tensiones diarias quedan en la puerta del teatro. Adentro, la oscuridad acuna los más maravillosos momentos. El Centro Argentino de Teatro Ciego hace la diferencia con su propuesta y sus espectadores son los principales beneficiados. Es correcto afirmar que hay un antes y un después de La isla desierta; las cosas no se vuelven a ver del mismo modo.

Cuando lo esencial es invisible a los ojos

Luego de un receso de verano, esta semana reinauguró la exposición de humor gráfico “Los pibes de la calle”. El Espacio de Arte Contemporáneo Pasaje 17, Bartolomé Mitre 1559, abre sus puertas hasta el 26 de febrero, de lunes a viernes de 11 a 19.



Después de "Bajemos un Cambio: Los humoristas y la seguridad vial", los artitas gráficos más reconocidos abordan la marginación y la falta de vivienda con impecables reflexiones. Participan Caloi, Crist, Sábat, Sendra, Tute, Rep, Daniel Paz, Langer, Peni, Kappel, Maicas, Tabaré, Jorh, Pati, Max Aguirre, Parés, Marito y Wolf/Toul.


Organiza la Asociación del Personal de los Organismos de Control (APOC) y Caloi en su tinta Producciones. Además, el espacio cultural entrega a los visitantes un catalogo de gran calidad donde se aprecian todos los trabajos expuestos.

El ritmo cotidiano y el modo de vida que se nos supone han hecho que estos niños hayan desaparecido a la vista de gran cantidad de ciudadanos. Sin embargo, a través de la revelación artística, este grupo de humoristas gráficos ha logrado codificar la imagen cruda de la realidad en ágiles remates sobre esta problemática.

Con la “invisibilidad” en primer plano, esta muestra se convierte a nuestros ojos en una pincelada de color que nos devuelve a lo cotidiano. Con humor- y varios otros condimentos- los artistas de ocasión nos hacen recordar que estos chicos pertenecen a nuestra sociedad; aunque muchos busquen que les temamos y rechacemos.

“Y si tuvieras alguna vez una infancia, ¿A que te gustaría jugar?” lanza con cruenta inocencia un niño a su amiguito, con quien duerme tapado entre cartones e indiferencia. Se trata de un puntilloso trabajo del artista Peni.

El anclaje de la muestra es la Declaración de los Derechos del Niño (Asamblea General de las Naciones Unidas, 1959). La exposición pareciera ir a contrapelo de cada uno de sus artículos. El grafismo más acertado, en este sentido, es la ilustración de Diego Parés que muestra a un niño desnutrido comiéndose la Constitución Nacional.

“Más que una muestra es un llamado de atención”, enuncian Kappel y Nando, coordinadores de la muestra. Con los años la presencia, y el futuro, de los chicos y chicas en situación de calle se ha tornado fantasmal, casi un susurro para indiferentes caminantes. Lo esencial es retornarlos de esta triste realidad, por más que sean invisibles a muchos ojos.